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Desde mi Atalaya -con mayúscula-
Vigilancia de “baja intensidad” en carreteras
0 Comentarios11-05-2010  |  Juan José Alonso Prieto
Algunos historiadores afinan tanto en los antecedentes de la Guardia Civil que los sitúan nada menos que en el año 1073, bajo el reinado de Alfonso VI. Sin entrar en disquisiciones que no son del caso, si es totalmente cierto y documentado que este cuerpo armado, tal como ha llegado a nuestros días con mínimas variantes, fue fundado en 1844 por el Duque de Ahumada, ganándose el merecido respeto de la ciudadanía por sus beneméritas actuaciones en cualquier momento y circunstancia, como reza el aserto popular de “un Guardia Civil siempre está de servicio.

En 2009 se cumplieron los cincuenta años desde que fuera creada la Agrupación de la Guardia Civil de Tráfico. Era el año 1959, cuando España ocupaba el número uno de Europa en el triste ranking en la relación de accidentes: 25.430 en un parque de 577.000 automóviles que, al cabo de estos algo más de cincuenta años se acercan a los 33 millones. La aureola de cuerpo disciplinado y con total entrega al servicio de la ciudadanía, se traspasaba de los caminos de herradura a las carreteras y las incipientes autovías. La bicicleta, el tricornio y la capa daban paso al casco y el chaquetón de cuero que utilizaban las nuevas patrullas que empezaban a vigilar nuestras principales carreteras.

El espíritu netamente rural de aquellos tiempos se traslucía en el primer mensaje destinado a concienciar a los automovilistas: “De noche todos los carros son pardos”.

Ha pasado medio siglo y ya nada es igual. Incluso España ha pasado de estar en la “cola de Europa” en muertos a causa de accidentes de tráfico a situarse en cabeza y por debajo de lo fijado en el Plan Estratégico de Seguridad de la Unión Europea (2001-2010). Según destacó la pasada semana el subsecretario de Interior, Justo Zambrana, en el año 2009 fallecieron en los siniestros ocurridos en España unas 2.600 personas, frente las 5.517 del 2001, lo que representa una disminución del 53%, frente al 50% establecido el plan comunitario para el citado el período.

En todo caso, la reducción es mucho mayor frente a la estadística europea, dado que el recuento de víctimas en España se realiza a 30 días tras un accidente ocurrido tanto en carretera como en ciudad, lo que incluye los fallecidos en el hospital, mientras que los balances comunitarios lo hacen sólo a 24 horas y en siniestros registrados en vías interurbanas, sin tener en cuenta los decesos de los heridos más graves en jornadas posteriores al incidente.

El responsable de Interior dijo que esta reducción de la mortalidad al volante ha estado principalmente ligada a la concienciación de los conductores, junto al incremento de la plantilla de agentes de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil, de los radares y los controles de alcoholemia.

De esta manera, Justo Zambrana avanzó que en lo que va de año las estadísticas de la Dirección General de Tráfico ya hablan de una reducción de un 20% en la siniestralidad. De seguir así, este 2010 sería el octavo año consecutivo de descensos.

Pero en este nuestro contradictorio país, donde la capacidad de sorpresa es ilimitada ante los vaivenes de sus gobernantes, en lugar de insistir en esa positiva línea, se produce un “brusco frenazo” derivado del plan de control del déficit que la Unión Europea impone a nuestro país y que, extrañamente afecta a un aspecto tan sensible como es la vigilancia en las carreteras, ese loable trabajo que viene desempeñando con máxima eficacia la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil.

En una actitud tan contradictoria como inexplicable, la Dirección General de Policía y de la Guardia Civil ha dirigido una circular interna a los agentes de tráfico para aminorar el gasto de sus actuaciones, recomendando reducir al máximo la utilización de motocicletas, todo terrenos y vehículos camuflados. Para ahorrar combustible, se suprimen los servicios de radar móviles, y los vehículos deberán bajar su velocidad en un 20 por ciento respecto al límite máximo autorizado en la vía por la que estén circulando, incluso se recomienda el disparate de utilizar el “punto muerto” en las bajadas, incrementar la frecuencia en puntos de estacionamiento y permanecer en ellos un mínimo de 30 minutos. Las pruebas de alcoholemia se limitarán a casos de infracciones o accidentes, siempre que se tenga la certeza de que existe ingesta alcohólica detectable sin ninguna duda. Todo esto para ahorrar hasta en boquillas de pruebas.

La extensa normativa abarca también aspectos burocráticos, conteniendo al máximo los gastos en telefonía y consumibles de oficina, incluyendo fax y correo postal, aire acondicionado y, por si fuera poco rebajando sustancialmente las dietas por servicios extraordinarios, como pueden ser la pruebas deportivas y otras actividades con similares derechos de percepción económica.

Este “talante” ahorrador ha caído como una bomba entre los responsables de salvaguardar la seguridad en nuestras carreteras, cuyos esfuerzos y sacrificios se ven infravalorados por cuestiones más políticas que técnicas, ya que no se aprecia ningún descenso en las campañas publicitarias, mucho menos efectivas que las acciones directas, pero en las que se beneficia a las grandes agencias y centrales de compras y evitamos entrar a saco en el lamentable y permanente despilfarro que observamos día a día en nuestra clase gobernante, beneficiando sin pudor a los adulones del poder, a organizaciones de dudosas actividades, por supuesto sin ningún fin social y útil que no sea el del amiguismo y clientelismo político.

Cuando tenemos que cerrar ojos y oídos ante ese desbordado río de despropósitos económicos, se nos rebela el alma y hasta el “almario” con este ataque frontal hacia una seguridad que es vital para los ciudadanos y además atentatoria con la labor de una Institución que en nuestra desmembrada sociedad es casi la única que se tiene ganado muy merecidamente el total respeto por parte de la ciudadanía.

Y en este caso no valen los argumentos del franquismo y demás banalidades al uso con las que estos desgobernantes justifican sus caprichosas actuaciones tendentes al anarquismo social, cultural, religioso y humano. El último ejemplo ya lo vemos venir: la carretera se convertirá de nuevo en una selva y la Europa civilizada nos volverá a llamar al orden y, con toda razón, calentarnos las orejas por inciviles, y este adjetivo es un juego de palabras con la Guardia Civil, especialmente con la de Tráfico, a la que tanto debemos y tanto admiramos todos los españoles, excepto esa devaluada clase dirigente.
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